Foto: Interior de la antigua iglesia del monasterio de Santa María de Tina. / O. Villa
Indianos. El Archivo hace de Colombres el centro de la cultura indiana en Asturias, pero Ribadedeva atesora mucho más, de sus enigmáticas pinturas rupestres a la torre medieval de Gumersinda y Pedro de Noriega
OCTAVIO VILLA
Una ría, la de Tina Mayor, une y limita Asturias y Cantabria. No siempre fue así, al menos en lo administrativo, pues tanto Ribadedeva como las dos Peñamelleras formaron parte de las Asturias de Santillana (la zona occidental de lo que hoy es Cantabria) hasta 1833, con la reforma propuesta por el secretario de Estado de Fomento Javier de Burgos. Esa naturaleza dual de la comarca se manifiesta aún hoy en muchos aspectos. Los vecinos de Ribadedeva tienen tendencia natural a relacionarse con los de Unquera y San Vicente de la Barquera, con los que conforman una mancomunidad transautonómica. Ribadedeva se conforma así como un territorio de paso, y así fue desde tiempos inmemoriales, como atestiguan los grabados y las pinturas rupestres de la cueva del Pindal, que muestran actividad del magdaleniense, el solutrense y es posible que hasta del gravetiense. Son representaciones de animales (14 bisontes, ocho caballos, cuatro cérvidos, un pez y dos mamuts), pero también hay signos abstractos (lineales, puntuaciones, angulares, circulares, claviformes, escutiformes y laciformes) que remiten a uno o varios sistemas de significación perdidos en las brumas paleolíticas. Ante ellos es fácil sentirse ágrafo, ignorante de lo que querían transmitir aquellos hombres y mujeres.
Muy cerca del Pindal, caminando por un bosque atemporal, se accede a los evocadores restos del monasterio de Santa María de Tina, documentado ya en el siglo X, aunque lo que hoy se ve es fundamentalmente del XIII. Llegar allí es entrar en el reino del silencio y la evocación.
Para encontrarlo hay que pasar previamente por Pimiango, bonito pueblo que guarda la memoria de los mansoleas, antiguos zapateros itinerantes que llevaban su producción durante meses por tierras vascas, cántabras, asturianas y del norte de Castilla y de León, empleando para entenderse entre ellos sin ser entendidos por sus clientes una jerga gremial, conocida como sirigoncia o mascuencie mansolea. Hoy, Pimiango guarda su memoria en el nombre de un restaurante y en la actividad de su coro vecinal.
¿Por qué pasó Pimiango de ser una villa campesina y pescadora a que más de la mitad de sus vecinos se dedicasen al noble oficio de la zapatería artesana? Cuentan que coincidió que una gran galerna causó una enorme tragedia en vidas de pescadores, y que los que quedaron juraron no volver a la mar, con la llegada a Pimiango en el siglo XVI de una familia de Noreña que conocía el arte de la zapatería, y las buenas gentes de Pimiango adoptaron la profesión con la tenacidad que caracteriza a los marinos. En 1753, el Catastro de Ensenada habla de 32 mansoleas en una población de 51. El último mansolea se jubiló en 2008.
Más adentro, al sur de Colombres, ya en las estribaciones del límite oriental del Cuera, se yergue aún la torre de Noriega, levantada en el siglo VIII para la hermana del Rey Pelayo, y su esposo, Pedro de Noriega, a quien Pelayo nombró Duque de Cantabria. Su hijo sería Alfonso I de Asturias, que de niño correteó por Noriega y que casaría con Ermensinda, hija de Pelayo.
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