Foto: Colmenas en un cortín de los montes de Ibias, en las proximidades de Uría. / O. villa

Extremos. Ibias es un concejo de límites. Lo primero, de frontera con Galicia y León. Extremo en la verticalidad de sus laderas, que hacen de la recuperada viticultura, lo es también en la forma de producir miel y en tantas otras cosas…

OCTAVIO VILLA

Atravesar Ibias de este a oeste o viceversa supone un goce natural. Bosques casi infinitos cubren las laderas de montes que pueden llevar a que el viajero piense que no hay nada fuera de ese valle, que por momentos parece fuera del tiempo.

Ha sido tierra de mineros como actividad principal, y el casi total fin de la minería en la zona ha supuesto un impacto poblacional en proporciones que no se repiten en Asturias nada más que en el vecino Degaña. En ambos casos, apenas queda uno de cada tres vecinos de los que había hace menos de un cuarto de siglo.

Pero los que quedan, y algunos que han vuelto, no se resignan a que Ibias sea, como ocurre en otros concejos de montaña, un geriátrico al aire libre. Hay notables iniciativas en las que el peso de la historia y la tradición juegan un papel importante, no sólo por el resurgimiento y conservación de formas antiguas de producción, sino también porque éstos se acometen con criterios de calidad propios del siglo XXI.

El Ayuntamiento tiene como lema ‘Ibias, el sol de Asturias’. No es porque sí. Año tras año, la Agencia Estatal de Meteorología sitúa a Ibias a la cabeza de todos los territorios de la región en cuanto a horas de sol. Eso, combinado con la orientación sur de la mitad de sus laderas, ha servido para que se recuperen los viñedos tradicionales, pero con criterios no de subsistencia, sino de producción profesional.

Varias bodegas dan fe de esto, más allá de la tradición que tiene su máxima expresión en Marentes, la de recorrer las bodegas familiares (cada casa tiene una) probando el vino en cachos de madera, cantando y bailando, durante la fiesta del pueblo. Fiestas en las que los participantes saben bien lo que celebran, lo que ya escasea.

No escasean, en cambio, los osos. Los montes de Ibias dan cobijo y alimento a tantos ejemplares como pudo haber en el mejor momento de la especie, si no más. Y es Ibias el máximo exponente regional de las construcciones que la necesidad y el ingenio de los antiguos llevó, en su permanente pugna con el oso y otros animales por aprovechar los recursos del monte: los cortinos, moles de piedra que se asemejan a un teito desteitado, que protegían las colmenas con las que cada familia se surtía de miel y de cera. Ambos recursos, no sólo imprescindibles para superar los inviernos como alimento y fuente de luz. También para pagar los diezmos que exigían por sus derechos de coto los monasterios en la Edad Media, fundamentalmente con la cera. Algunos de esos cortinos se han recuperado y, a sus pies, uno se impresiona por el volumen de piedra que se movió para construirlos, lo que da fe del valor que le dieron, y le dan, los ibienses a la labor de sus abejas.