Foto: Desde la iglesia de Santiago Apóstol, en el pueblo de Vis, el macizo central de los Picos de Europa / O. Villa
De Vis a Pen. Pueblos de nombres muy cortos esconden espectáculos magníficos; para disfrutarlos conviene no sufrir de vértigo y caminar a ritmo pausado
OCTAVIO VILLA
Hoy los hórreos y paneras son un elemento contradictorio. Resulta difícil encontrar a un asturiano que no esté orgulloso de ellos, de su imagen a medio camino entre lo identitario y lo legendario. Ya es más complicado tener clara su historia y sus usos tradicionales, y también hallar quien los mantenga en buenas condiciones, máxime teniendo en cuenta que sus usos clásicos están cada vez más en decadencia.
Pero no hace tanto, los hórreos y paneras contaban la historia de los pueblos, de sus gentes. Algunos, dotados de decoraciones mucho más allá de lo que dicta su teórico uso utilitario como graneros, eran exhibiciones de que la familia propietaria tenía cuartos sobrados.
Otros, como ocurre en Pen, relatan historias con su propia estructura. Allí, en uno de esos pueblos en los que el buen sentido de los moradores ha sabido convertir en casi planas aldeas ubicadas al borde de grandísimos desniveles (Pen es buen ejemplo, como también su vecina Cirieñu), dos familias de las que no se conservan los nombres unieron sendos hórreos o paneras vecinas, con un tramo adicional entre ellas, bien distinguible, y replanteando también la techumbre. Pudo ser por un casamiento, por una compra tal vez. El caso es que de ello surgió una panera de 14 pegoyos y 17 metros de longitud, en la que hoy, paradójicamente, hay hasta cinco propietarios diferentes.
Pen está en la margen izquierda del Sella y comparte con pueblos de Ponga espíritu y carácter. Muy cerca, en dirección al Sella por una carretera que en la bajada hacia el cauce ha perdido ya el derecho a tal nombre por sus muchos hundimientos y estrechamientos, sigue habiendo paisajes espectaculares, aunque cada vez más matorralizados, y restos interesantes, como el cargadero de la mina María, de fluorita, ubicado en el collado de Llampra, al que se accede por una senda «muy pindia».
Pero si al oeste del Sella ya se necesitan piernas fuertes y un corazón tranquilo, Amieva cambia a una verticalidad aérea al este, asequible ya sólo para montañeros bien avezados. Desde la vega de Pervís, por ejemplo, una buena subida hasta el pueblo de Vis, también imposiblemente llano en su vertical ubicación, permite llegar al mirador del mismo nombre o a la iglesia de Santiago Apóstol. Uno y otra invitan a volar hacia el macizo central de los Picos de Europa, que en un buen día soleado parece una maqueta del Paraíso terrenal. Desde el mirador, habilitado por los vecinos de Vis, la muy visitada Olla de San Vicente se ve como un pequeño charco esmeralda en medio de un mar de verde bosque.
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