Foto: Las cruces de Alba, con flores de azafrán de montaña. / O. Villa
Procesión y festejo. A 1.230 metros, la ermita acoge la tradicional fiesta que, mezclando lo religioso y lo profano, recuerda cómo la Virgen protegió a una niña pastora maltratada por su madrastra. Hay hasta lobo incluido
OCTAVIO VILLA
El lobo, como encarnación de lo maligno, del demonio incluso. La Virgen, trasunto de una Iglesia protectora de los fieles más débiles, a los que representa la pequeña pastora María sobre cuyos frágiles hombros de 10 años de edad reposaba el cuidado de sus muchos hermanos pequeños. Y una madrastra que, en la Asturias del siglo XVI, podía bien ser la imagen de un señor territorial especialmente injusto.
Con todos estos mimbres, que bien pueden responder a una historia real o a una de tantas fábulas que desde la antigüedad más remota se iban transmitiendo con fines moralizantes, el Salcedo de finales del siglo XVI acabó uniendo el esfuerzo de todos sus vecinos para levantar en los pastos ubicados por encima del pueblo, a más de 1.200 metros de altitud, una coqueta ermita que contó hasta con una bula pontificia para su edificación, hacia 1581, y que hoy guarda la imagen de la Virgen de Alba.
La historia es sencilla y deliciosa. María, que había tenido que soportar que su padre, tras enviudar, contrajese segundas nupcias con una mujer dominante y malvada, se pasaba por orden de ésta todas las horas de luz cuidando en las alturas su rebaño de oveja y cabra. Por las noches cuidaba y protegía a sus hermanos. Su único alivio era, en una pequeña cueva de unas peñas cercanas a los pastos (donde se levantan las tres cruces que aún hoy periódicamente son renovadas) la presencia de una luminosa dama con la que conversaba y a la que le llevaba flores casi cada día.
Pero hete aquí que un día bajó un pérfido lobo de los bosques cercanos, matando y despedazando a un cabritillo. Desesperada, María acudió a buscar la protección de la dama de la cueva, quien hizo aparecer milagrosamente un cabritillo idéntico al que el lobo había devorado, salvando así a María de la ira de su madrastra. La pequeña contó en el pueblo lo sucedido, y desde Salcedo subieron todos sus habitantes con ella hasta la cueva, donde apareció ante todos la imagen de la Virgen que cada 15 de septiembre se saca en procesión. La celebración incluye costumbres que mezclan lo profano y lo religioso, y hasta reminiscencias de antiguos cultos de la zona. Hay misa cantada en la lengua quirosana, carreras de cintas a caballo, puja del ramo y concurso de pan de escanda. Sólo falta un tejo como el de Bermiego para que el sincretismo sea completo.
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