FERNANDO COLLANTES GUTIÉRREZ. PROFESOR DE LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO
«El acceso a la vivienda se está convirtiendo en un cuello de botella al que hay que prestar atención. Es un tema muy preocupante»

SORAYA PÉREZ

Fernando Collantes Gutiérrez (Torrelavega, 1976) es profesor de la Universidad de Oviedo y especialista en despoblación y desarrollo rural. Sus investigaciones analizan, desde una perspectiva histórica, las transformaciones económicas y demográficas de las áreas rurales. También ha estudiado la política agraria, los cambios en la alimentación contemporánea y los retos de futuro de la sociedad rural.

–Asturias lleva décadas perdiendo población. Si miramos el problema con perspectiva, ¿cómo hemos llegado hasta esta situación?
–Hemos llegado a esta situación porla diferencia entre los nacimientos y las defunciones, que tiende a volverse muy pequeño o incluso negativo sobre la base de la población local. Por lo tanto, todos los territorios están bajo la amenaza de la pérdida de población, salvo unas pocas excepciones de ciudades especialmente dinámicas. Asturias, como muchos otros lugares, se enfrenta a este escenario, que es común a la mayor parte de las regiones de España y del mundo desarrollado.

–¿Qué particularidades tiene la despoblación asturiana respecto a la de otras zonas de España?
–La Asturias rural tiene de diferente con respecto a otras partes de la España rural que parece mostrar menos atisbos de recuperación demográfica que otros lugares. Históricamente, hubo una oleada de recuperación de la población, de vuelta al aumento de población en algunos espacios rurales, a partir de los años 90 del siglo pasado. Es una oleada que ha tenido sus vaivenes, que no es muy generalizada ni muy fuerte, pero que está ahí. En Asturias ha ocurrido menos que en otros lugares. Y ha ocurrido menos porque ha habido una menor llegada de migrantes de otros países, que han sido clave para revitalizar muchos pueblos de la España interior, por ejemplo. También ha habido una menor llegada de pobladores procedentes de otras zonas urbanas de la región.

–Cuando hablamos de despoblación pensamos en pueblos que pierden habitantes. ¿La falta de población es el principal problema o detrás existen otros factores?
–La despoblación por sí sola no es el problema. En su momento se puso el foco en la despoblación porque era un síntoma de otros problemas de fondo que tenían que ver con el tejido productivo en las áreas rurales y con la calidad de vida que se podía tener en estas zonas. Lo que pasa es que corremos el peligro de centrarnos en la despoblación como un problema que debe ser resuelto mediante la llegada de nuevos pobladores. La experiencia que ya tenemos en otras partes de España y de Europa sobre recuperación demográfica demuestra que, por sí solo, el hecho de que la población vuelva a crecer no tiene por qué significar que se estén solucionando los problemas de fondo que habían llevado a la despoblación. Ha habido muchas zonas que han recibido muchos inmigrantes, y esto no es negativo, pero tampoco soluciona necesariamente los problemas de empleo, vivienda o calidad de vida rural que ya existían antes de la llegada de estas poblaciones. También ha habido zonas que han ganado población destruyendo su identidad rural, sus paisajes y muchas de las cosas que las hacían valiosas. Estos lugares, a pesar de haber ganado población, tampoco son necesariamente sinónimo de éxito. Hay que encontrar un equilibrio entre mantener una economía rural y una sociedad rural que tengan capacidad para reproducirse, pero, si por el camino se pierden demasiadas cosas, un poco de despoblación puede ser mejor que ganar población de cualquier manera.

–Asturias tiene concejos con una población muy envejecida y algunos se encuentran en riesgo extremo de despoblación. ¿En determinados casos la situación puede ser irreversible?
–La despoblación siempre ha tenido un elemento de destrucción de pueblos, de desaparición de pueblos. Esto ha sido así siempre. El pueblo del que era mi abuelo materno perdió sus últimos habitantes en los años 70, por ejemplo, en Cantabria. Es una historia que se ha repetido muchas veces, sobre todo en zonas montañosas, en la historia de la despoblación del siglo XX. Hoy en día no cabe duda de que hay pueblos que son muy pequeños, tienen una población muy envejecida y cuya única esperanza de volver a ganar población pasa por atraer nuevos pobladores. Pero no todos los pueblos pueden atraer muchos nuevos pobladores a la vez. Desde ese punto de vista, está claro que hay pueblos que tienen una dificultad real para poder tener un futuro. Dicho esto, una cosa son pueblos concretos, remotos y pequeños. A veces no nos damos cuenta de hasta qué punto hace 50 o 100 años ya hubo poblamientos de este tipo que fueron desapareciendo y no se vivió necesariamente como un trauma. Asturias, al tener tantas zonas de montaña, que es donde la despoblación es más dura, se enfrenta efectivamente a este problema de irreversibilidad de la despoblación en algunos espacios. Pero tampoco creo que la historia nos demuestre que esto sea algo irreversible. Al final, el turismo, los nómadas digitales y nuevos pobladores de todo tipo han ido llegando a muchos espacios rurales.

–Se insiste mucho en la falta de servicios como una de las causas de la pérdida de población. ¿Mejorar los servicios públicos es suficiente para fijar población o hace falta algo más?
–Dentro de un orden, prestar atención a estos aspectos relacionados con las infraestructuras y los servicios sin duda es importante. De hecho, la historia nos muestra que la despoblación fue especialmente acentuada en aquellas partes de la España rural en las que, por diferentes motivos, resultaba más difícil en los años 60 y 70 del siglo pasado acceder a esta calidad de vida. Creo que a veces se nos olvida que las zonas rurales necesitan un tejido productivo que proporcione empleo de cierta calidad. Sin eso, todo lo demás probablemente no es suficiente. Hay otro elemento al que en los últimos tiempos se está prestando cada vez más atención, y con razón, que es el acceso a la vivienda. Está muy encarecido en las ciudades, pero en el medio rural hay de todo. Existe una dificultad para acceder a la vivienda en muchas comarcas rurales. No es fácil para un nuevo poblador acceder, por ejemplo, a una vivienda de alquiler que le permita hacerse una idea de cómo puede ser ese estilo de vida y de si puede encajar en la comarca. Esto también se está convirtiendo en un cuello de botella al que hay que prestar atención: la vivienda y el acceso a la vivienda. Es un tema preocupante.

–En sus investigaciones ha defendido la importancia de las actividades no agrarias para el futuro económico y demográfico de las zonas rurales. ¿Tenemos que dejar de identificar el medio rural únicamente con la agricultura?
–Los datos nos muestran con mucha claridad que los agricultores y los ganaderos son una parte minoritaria de la sociedad rural y que existen nichos de empleo muy importantes en la industria, la construcción y los servicios, dependiendo mucho de cada zona. Pero una regla bastante generalizada en España y en toda Europa es que el peso de la agricultura ha ido cayendo mucho. Esto hay que tenerlo en cuenta porque a veces parece que solo se piensa en las carreteras y en los ganaderos. Hay mucha gente cuyos problemas y cuyos sectores son otros. Y hay que pensar en otra cosa más: junto a la gente que trabaja en este sector o en aquel otro están los jubilados, que son una parte cada vez mayor de la población rural. Esto es muy importante porque, aunque al factor productivo y al mercado laboral se les concede mucha importancia y la siguen teniendo, una parte cada vez mayor de la población de los pueblos ya no está en edad de trabajar. Por lo tanto, buscar el desarrollo rural en su caso no tiene que ver con ofrecerles empleo, sino con ofrecerles unas buenas condiciones para ser mayores en el pueblo.

–En territorios muy envejecidos, recuperar población parece pasar necesariamente por atraer personas de fuera. ¿Hasta qué punto la inmigración puede ser la respuesta al reto demográfico?
–Si uno mira las cifras de la demografía rural, lo que se encuentra es que la mayor parte de las comarcas tienen más defunciones que nacimientos. Por lo tanto, está muy claro que, con la pirámide de población que se tiene, la tendencia normal de la población es a caer. Esto no necesariamente refleja un fracaso. En todo caso, sería la huella de un fracaso para retener población en otros tiempos, pero hoy en día es un resultado normal de tener una población envejecida. Los principales cambios de esta tendencia, allí donde se han producido, han estado siempre relacionados con la llegada de población de otros lugares, ya fuera de ciudades próximas o, en muchos casos, de migrantes procedentes de América Latina o Europa Oriental. España, y también la España rural, recibió grandes cantidades de migrantes entre 1990 y 2008. Después, con sus vaivenes, ha continuado recibiendo migrantes que, por lo general, se han integrado sin tensiones graves. Pero estos casos también nos muestran que, por sí sola, la inmigración no resuelve ningún problema de fondo, o casi ninguno. Si careces de un tejido productivo adecuado y de unas condiciones para la calidad de vida similares a las de otras partes del país, esos problemas siguen ahí.

SU LUGAR ESPECIAL

El oriente asturiano
El profesor de la Universidad de Oviedo, Fernando Collantes Gutiérrez, nació en Cantabria, pero eso no le impide sentir un gran amor por Asturias, donde además, pasa mucho tiempo. Reconoce que aunque «todavía no conoce toda la región», si tuviese que escoger un lugar del Principado, se quedaría con el oriente asturiano en general. «Todo el oriente de Asturias me encanta. He tenido la oportunidad de recorrerlo, y cada municipio del oriente tiene un encanto singular y un atractivo especial», afirma el profesor especialista en despoblación y desarrollo rural.
 

«El discurso sobre el medio rural es muy pesimista»

«Hemos sido reticentes a aplicar políticas desde abajo hacia arriba, desde los pobladores hacia la Administración»

–¿Cree que las administraciones han entendido bien el problema de la despoblación?
–Las políticas sobre el medio rural están muy descoordinadas porque hay desde políticas sectoriales relacionadas con el sector primario hasta políticas de infraestructuras que tienen que ver con el conjunto de una comunidad autónoma o del país. En general, se ha prestado poca atención a esa dimensión territorial y ha habido más bien un conjunto de medidas en diferentes sectores o ámbitos. Esto refleja, en el fondo, que las administraciones vienen siendo muy reticentes a aplicar políticas que vayan desde abajo hacia arriba. Es decir, desde la gente, desde los pobladores que están sobre el terreno, hacia las administraciones.

–Siempre se habla del medio rural desde una perspectiva pesimista. ¿Cree que hemos construido un relato equivocado?

–Sí, hemos construido un relato obsesionado con la idea de que la despoblación rural refleja una intencionalidad por parte de poderes urbanos que han vaciado el medio rural. Un discurso muy pesimista. Cuando, por ejemplo, se habla de que hay territorios que han quedado vaciados porque les faltaban infraestructuras, luego llega el dinero para construir esas infraestructuras y casi ni se usan, ni revitalizan nada, ni terminan de servir para nada. ¿Por qué? Porque el diagnóstico no era correcto. Igual eran territorios que carecían, por ejemplo, de un tejido empresarial capaz de impulsar su desarrollo.

–Mirando al futuro, dentro de veinte o treinta años, ¿cómo imagina el mapa demográfico de Asturias?

–Proyectar siempre es difícil. Creo que lo más importante no es pensar si la población será un poco más alta o más baja. El asunto clave es cómo de bien se estarán gestionando los problemas que tiene la gente en los diferentes territorios rurales. Hay muchos territorios en Asturias que probablemente tendrán menos población. Ahora bien, eso no quiere decir que vayan a estar peor de lo que están hoy. Quizás sean lugares en los cuales la calidad de vida sea mayor y en los que una población, en su mayor parte jubilada, pueda tener una vida de calidad en su pueblo, durante la mayor parte de lo que les quede de vida.