Foto: Los montes madereros se mezclan con praderías de pasto para la ganadería en el interior de Valdés. / O. Villa

El secreto interior. Valdés son dos concejos en uno: La costa, con el 80% de los vecinos, y un interior de montes madereros y valles ganaderos hermosos y con escasos habitantes, pero muy acogedores

OCTAVIO VILLA

Que un cementerio sea uno de los lugares más fotografiados de un territorio podría parecer macabro, pero en el caso del de Luarca lo que hace es conjugar varias de las características de los valdesanos: El impresionante camposanto de la Atalaya, que al parecer se originó en el siglo XIII con la función de baluarte defensivo, mira al mar desde las alturas, y exhibe una elegancia que se traslada a la hermosa colección de edificios del siglo XIX y de inicios del XX que le confiere a la Villa Blanca una especial hermosura, incrementada en los últimos años con la apertura a vecinos y visitantes de los jardines de la Fonte Baxa, creados en los años noventa por un empresario castellano y su esposa, con flora de los cinco continentes en una finca de 15 hectáreas desde la que se ve toda Luarca. Una visita que justifica un día entero.

Pero quedarse sólo en la capital sería un error. En la costa, que concentra el 80% de la población del concejo, Valdés está salpicado de una treintena de playas con vocación de salvajes, como la de Cuevas, en la desembocadura del Esva. Si se nombra a ésta no es por distinguirla de las demás, sino porque en ella el río que le da el nombre a Valdés (valle del Esva) entrega sus aguas al Cantábrico.
Remontando el Esva se descubre un Valdés diferente. Se entra en tierra de vaqueiros, se recorren montes con vocación de montañas que hace apenas dos años sufrieron uno de los incendios más devastadores que se recuerdan en Asturias. Hoy esos montes son verdes de nuevo, y rodean valles que esta primavera lucen praderías de un verde contundente en el que pastan vacas y caballos de carne.

Y, muy cerca, las Hoces del Esva. Ese río antes muy salmonero y que hoy plantea dudas sobre el futuro de la especie en el Cantábrico. Eso sí, el río en sí mismo y su entorno conservan una belleza prístina, una parsimonia en su discurrir desde tierras de Tineo hacia el Cantábrico a través de meandros encajados en cuarcitas entre las sierras de Silvallana y Adrado, que ayudan al caminante a olvidarse de que vive en el siglo XXI, aunque sea por un rato.

El Esva nace a algo más de mil metros de altitud en Tineo. Allí se llama río Bárcenas y es un cauce rectilíneo y rápido durante diez kilómetros. Tras la casería de Coucellín se va curvando hasta unirse con el aurífero río Navelgas y tomar ya el nombre de Esva y entra en las Hoces. Una antigua central eléctrica y un embalse en desuso constituyen un buen destino ocioso, de la misma forma que lo son el dolmen de Restriello, el menhir de Ovienes o la estela tardorromana de la capilla de Santiago, muy cerca de Ovienes. Pero si el río es hermoso en ese curso medio, lo más atractivo del interior de Valdés es su paisanaje. Gentes siempre dispuestas a guiar al visitante por los secretos de ese Valdés interior y sorprendente.