Foto: Un gato de San Ignacio pasea cerca de un hórreo beyusco, con el desfiladero de Los Beyos al fondo. / O. Villa
Hórreos beyuscos. Peculiares construcciones con techos a dos aguas (o tres, en el caso de uno de los de San Ignacio) dan sabor local a un paisaje que a cada paso regala una escena de imposible belleza
OCTAVIO VILLA
Asturias está conformada por montañas y sus correspondientes valles fluviales, a veces de caprichosas formas, en especial allí donde la roca se deshace más fácilmente, como el karst que domina en el oriente de la región. Esos antiguos fondos marinos dan pie a enormes montañas de grandes desniveles y con valles muy fértiles, en los que la diversidad cultural crece tanto como los cultivos. Durante siglos, las sendas de ribera fueron la principal y casi única vía de comunicación, dando pie a expresiones culturales muy diversas en distancias muy cortas.
Hoy persisten evidencias de esas diferencias culturales. En Ponga, y muy concretamente en la zona de Viboli, Viego y Casielles, por ejemplo, los hórreos son diferentes a los del resto de Asturias. Se llaman hórreos beyuscos (por el desfiladero de Los Beyos), y su principal característica es que sus tejados están construidos a dos aguas, y no a cuatro como en el resto de la región, salvo en el extremo occidental, donde las dos aguas vuelven a enseñorearse del hórreo, si bien la forma general es ya la de los hórreos gallegos.
Los beyuscos son asturianos a todos los efectos. De planta cuadrada y pequeños, como corresponde a las zonas más montañosas. En San Ignacio, incluso, hay una excepción dentro de los hórreos beyuscos, con ¡tres aguas! La fachada principal parece a dos, pero en la zona trasera tiene una tercera caída (es el que sale en la fotografía sobre estas líneas). A pocos metros de ese, un vecino está levantando un nuevo hórreo beyusco, conservando así la tradición.
Son, en general, hórreos de poco tamaño, poca altura general e interior, y de pegoyos de diferentes alturas, para compensar las omnipresentes pendientes.
De la misma forma que se conserva lo material, se mantiene lo inmaterial. Hasta en la etimología de los nombres. El de la capital es una interesante muestra de sincretismo. El muy cristiano San Juan lleva el apellido de un dios celta, Belenus, el dios del Sol. Cerca, y en un enclave rodeado de inmensos farallones, Taranes se yergue con el indisimulado recuerdo en su nombre del dios celta del trueno, la luz y el cielo, Taranis.
Entre San Juan y Taranes se desliza el pretérito Sella hacia sus fuentes, en la zona de Ventaniella, que era el paso del antiguo Camino Real de Ribadesella a Castilla, a través de Caso. Al otro extremo del concejo se repite, casi, el nombre, en Cazu o Cazo, donde una torre señorial del siglo X aún se yergue en el centro del pueblo con hermosas vistas. En las alturas también se encuentra, pasadas las ruinas de unas fortificaciones de la guerra civil, la deliciosa ermita del Arcenorio, restaurada por un grupo de montañeros liderados por el gijonés Pablo González. Es medieval, está a 1.500 metros de altitud en el centro de una campera en la que el Día de Covadonga es muy especial.
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